| 07 Enero 2010
En un viejo camastro dormía Mina, junto a sus hermanas, aferrada a su pequeña manta, refugiada del gélido aire que entraba por el estrecho ventanuco orientado hacia el sur.
Una luz cegadora invadió la estancia, un ruido ensordecedor taladró su pequeña cabeza y unos dedos invisibles, gigantes, toscos, estrujaron la habitación.
El suave aroma azahar de sus cabellos rivalizaba ahora con el olor acido, rojo, pringoso de la sangre derramada. Sus pulmones apretados por un bloque de hormigón buscaban alguna bocanada limpia entre nubes de polvo y humo cegador.
Sus pequeños ojos grises sólo alcanzaron a ver una extraña masa blanquecina, como diminutos granos de arroz que resbalaban lenta y pausadamente en la pared. La masa encefálica de Aira, su hermana mayor, finalizaba su serpenteante viaje en el alfeizar de la ventana dejando escapar, en su macabro periplo, las escenas oníricas de su boda con Ahmed.
Cerró suavemente sus párpados mientras escuchaba el murmullo de gritos y sirenas lejanas, muy lejanas.
A pocos kilómetros, en la torreta todavía humeante de un tanque parecía sonreír por haber logrado su inhumano cometido.
En algunos lugares del mundo, esto podría ser un cuento de navidad.
Nosotros tenemos la suerte de poder disfrutar de estas fechas navideñas. Podemos estar con nuestra familia, podemos festejar y disfrutamos de libertad, de seguridad, de paz… Son cosas que damos por hechas, por seguras. Sin embargo, nuestra felicidad no puede ser plena: no podemos olvidarnos de aquellos que sufren, de aquellos que nunca disfrutaran de las cosas que nosotros damos por seguras, aquellos que nunca podrán ver a sus familias, o que hace mucho tiempo que no tienen una “noche de paz”. Me refiero a aquellas personas que sufren la guerra, conflictos que parecen nunca acabar. Me refiero a esas personas que nunca han conocido otra cosa. Me refiero, especialmente en estas fechas, a los niños y las niñas de los territorios en conflicto.
Esta pequeña y dura historia, que he leído, nos viene a recordar el sufrimiento que en días como estos, se vivía en Gaza hace un año, en unas navidades donde Israel volvió a agredir y a bombardear al pueblo palestino, ante la indiferencia de la comunidad internacional, que sigue permitiendo que un país no acepte el legítimo derecho de un pueblo a su libre determinación. A día de hoy, el sufrimiento sigue en aquellas tierras, y, con seguridad, seguirá. Las navidades allí no se podrán celebrar.
También nos acordamos de los niños y niñas que estas fiestas no tendrán nada que celebrar. Seguirán sufriendo en sus carnes la cruda realidad de unos conflictos que nunca parecen acabar, de una violencia desmedida y un desamparo extremo, provocado por una inquietante inactividad por parte de la comunidad internacional, en muchos casos responsable de estos conflictos. Hablo de Palestina, hablo de Afganistán, hablo del África subsahariana, de Sierra Leona, de Somalia, de Iraq, de Colombia, del Asia más oriental… tanta y tanta violencia a la que no se busca una solución… Mientras una sola persona, y en especial niños y niñas, sufra violencia, humillación o injusticia, nuestras navidades no podrán ser tan felices.
Queremos, en estas fechas navideñas, enviar desde aquí nuestra más absoluta repulsa a todo tipo de violencia y opresión, y manifestar, del mismo modo, nuestra más profunda indignación por la inoperancia de la Comunidad Internacional a la hora de poner solución de los conflictos que siguen haciendo sufrir a tantos pueblos.
Y tratando estos temas, no puedo evitar acordarme de un niño y una niña, Mohammed y Hayat, que viven en El Aaiún, que hasta hace pocos días han sufrido por su madre, por Aminatu Haidar, con más de un mes en huelga de hambre y llegando a estar en estado crítico. En estas fechas, estos niños han pasado miedo por la vida de su madre, una vida entregada a la libertad y dignidad del pueblo saharaui. Un pueblo que conoce muy bien las crueles consecuencias del más salvaje colonialismo, un pueblo abandonado en su día por España para que se lo repartieran Marruecos y Mauritania y que actualmente sufre la opresión del absolutismo de la monarquía alauí.
La injusticia que se está permitiendo con el pueblo saharaui es vergonzosa. La comunidad internacional se está mostrando inútil a la hora de hacer cumplir la Carta de las Naciones Unida, que establece en su articulado que se velará por la igualdad de derechos de los pueblos y por su libre determinación. Cada día que pasa nos confirma que priman los intereses económicos y comerciales que la justicia y la libertad.
Queremos desde aquí enviar nuestro más ferviente apoyo a Aminatu Haidar, a su familia y al pueblo saharaui, cuyas reivindicaciones hacemos nuestras. Queremos también criticar la tibia actitud del gobierno de nuestro país, que posee una deuda histórica con el pueblo saharaui y que debería replantearse, seriamente, sus relaciones con un régimen como el de Marruecos, contra el que las presiones diplomáticas brillan por su ausencia. También criticamos la actitud de la ONU y la Comunidad Europea, que se limitan a hacer declaraciones de buena voluntad sin contenido alguno. Tibieza e indiferencia frente al reiterado incumplimiento de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional del régimen absolutista de Marruecos, cuyas posiciones queremos condenar.
Sólo añadir que deseamos a todos y a todas unas felices fiestas. Valoremos la suerte que tenemos de poder celebrar y estar con nuestras familias, y deseemos lo mejor a todas aquellas personas que lo están pasando mal, ojalá pronto tengan algo que celebrar.














